
Los niños jugaban a apagar la luz; la madre, pensativa, descansaba en el sofá de la casa. Todo estaba patas arriba. Guillermo y Celia se habían apoderado de la situación y se habían convertido en los dueños y señores de la casa.
El padre había construido un refugio del que apenas salía. Ausente, por interés, de la situación que se estaba viviendo en su casa había convertido el trabajo y las salidas nocturnas en su nueva vida.
Éste era con el panorama que, día tras días, Florencia, tenía que lidiar. La solución iba a llegar del cielo… la Señorita Mary Poppins acababa de llamar a la puerta.